Rostro serio, brazos cruzados, mirada profunda. “Maté como a cincuenta personas… Unos cuantos más si contaran los de grupo”. Antes de que la Guardia Nacional le detuviera, Fernando era lo que en México se conoce popularmente como “un niño del narco” o “un niño soldado”. En realidad, él mismo duda de si lo sigue siendo o ya no. Está cumpliendo la pena máxima a la que puede ser sentenciado un menor de edad en el país latinoamericano, que son cinco años de privación de libertad. Pero, a pesar de ello, dice no vivir con remordimiento: “No puedo arrepentirme de lo que hice. Lo hecho, hecho está. Ahora sólo queda mirar para adelante”. Reconoce haber sido partícipe de casi 60 homicidios, pero fue condenado por sólo tres de ellos además del delito de portación de armas. “No me puedo quejar. Merezco mucho más. Pero pago menos”, ríe.

Sobre él recae la historia de uno de los 30.000 menores que, según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), actualmente forman parte de las filas del crimen organizado mexicano. Un país en el que —aunque la recogida de datos es escasa y en muchas ocasiones imprecisa— se estima que más de 200.000 personas integran de manera directa los grupos del narco: dos de cada diez en el Cártel de Jalisco Nueva Generación y uno de cada diez en el Cártel de Sinaloa.

Fernando, que utiliza un nombre ficticio para proteger su identidad como menor, asegura haber sido sicario de una de las ramificaciones del Cártel de los Beltrán Leyva. “Vivir dentro del crimen organizado no es bonito, pero ganas mucho dinero, puedes comprar lo que tú quieras, estar presumiendo, hacer tu vida, andar pisteando [tomando alcohol, de fiesta] de aquí para allá…”, dice.

Liliana Moreno Holguín, policía mexicana originaria del pueblo rarámuri, en Ciudad Juárez (México)


Liliana Moreno Holguín, policía mexicana originaria del pueblo rarámuri, en Ciudad Juárez (México)

EFE

Sus palabras no son eventuales. En México, ser narco está de moda. La promoción de la narcocultura está alcanzando la máxima visibilidad de la historia. Entre las canciones más escuchadas del país se encuentran los narcocorridos o corridos bélicos, que enaltecen las hazañas de los líderes criminales. Aunque datan de mucho antes de que existieran las redes sociales, ahora han evolucionado hasta ser escuchadas por millones de personas en todo el mundo, destacando el cantante Hassan Emilio Kabande Laija, popularmente conocido como Peso Pluma.

En la canción La People, que cuenta con más de 200 millones de reproducciones en Spotify, el cantante narra La Batalla de Culiacán, cuando en 2019 el Ejército mexicano liberó a Ovidio Guzmán, hijo del Chapo y actual líder del Cartel de Sinaloa, después de haberle detenido: “La People anda activa en Culiacán [Sinaloa] / Quisieron apresar al joven que mandaba en la capital / No se lo pudieron llevar”.

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Con el posterior estallido de las redes sociales, México ha visto también cómo los miembros de grupos criminales comparten imágenes y vídeos que muestran un estilo de vida lujoso. Apetecible. Mientras que las producciones cinematográficas extranjeras han destacado durante estos últimos años lo peor del crimen, en series como Narcos. Pero no toda la información se recibe a través de la pantalla.  En muchas carreteras del país se ha convertido en rutinario el ver camionetas y criminales usando las iniciales de su cártel. “Estamos hablando de una generación entera que ha nacido en la normalización de este fenómeno”, advierte Falko Ernst, analista senior de International Crisis Group, que atiende a EL ESPAÑOL | Porfolio en la Ciudad de México.

Sin embargo, el reclutamiento de menores en el crimen organizado no puede achacarse únicamente a la narcocultura: “El trabajo que hemos hecho durante estos años nos ha evidenciado que es multifactorial. Son varios los motivos: la búsqueda de pertenencia y reconocimiento, la violencia y desigualdad socioeconómica, el acceso y abuso de sustancias tóxicas, el ambiente familiar, el entorno académico o la presencia de grupos del narcotráfico en poblaciones concretas”, explica la directora de investigación de Reinserta un Mexicano, Marina Flores, al citarse con este medio.

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Su asociación trabaja por la reinserción de personas en situación de privación de libertad. En un estudio enfocado solamente en los menores de edad que son recluidos por el narcotráfico, destacan también cómo la adicción a las drogas y el ambiente familiar son dos de los factores más relevantes en su prematura incorporación. Cuando Fernando no era más que un niño, ya soñaba con armas. “Me llamaba la atención estar tirando balas y el olor a pólvora”, dice. No sabe explicar por qué. Pero sí que todo lo que vino después le gustó más. “Con mi primer asesinato me sentí poderoso. Fue un tiro y ya”. 

Y esa es la tónica de otros jóvenes. Desde la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sostienen que el crimen ofrece a los menores el respeto, el reconocimiento y el dinero que el Estado y la sociedad no les permite obtener de manera legal. Y abre un debate en la posible reinserción o no de estos menores debido a las dificultades que se encuentran al intentar abandonar el crimen organizado u obtener otras formas legales de sostenerse económicamente. “No me gustaría volver. Pero no sé si podré encontrar otro trabajo. Por eso a lo mejor sí que regreso”, concluye Fernando.

“No hay otro final: un balazo o la cárcel”.

Para Manuel todo empezó con un: “¿Quieres trabajar? / pues vente para acá / pagan mejor que en otros lados”. Usualmente termina en la muerte, dice. “Por eso me siento con suerte. Cuando te metes con los narcos no puedes encontrar otro final que no sea un balazo o cárcel, no sabes ni cuál te toca. Yo ahorita estoy en la cárcel, pero nomás me faltan ocho meses, tengo chance de recuperar mi vida y hacer las cosas bien”, expresa. Parece muy seguro de sí mismo. Pero salir del narco no es fácil, aunque dice “tener el permiso del comandante”, por lo que aquí estudia la preparatoria, que es el equivalente al Bachillerato español, para después intentar ingresar en la Secretaría de Marina. Es decir, ser militar.

En su brazo derecho, la Santa Muerte. Su veneración es algo común entre personas que se dedican al crimen. Creen que esta personificación les protegerá del mal y de los enemigos. Pero muchas veces el enemigo está dentro de uno mismo. “¿Esto? Con láser yo me los quito y voy a la Marina”, aclara, mientras mira a su tatuaje. Antes de convertirse en sicario, Manuel fue un ‘halcón’. Un término que proviene del ave que sigue a su presa antes de atacarla y que viene a significar eso mismo: la vigilancia y recolección de información para la ejecución de delitos realizados por otros miembros del cártel.

Varios menores durante su presentación e integración a la policía comunitaria en el municipio José Joaquín Herrera, estado de Guerrero (México).


Varios menores durante su presentación e integración a la policía comunitaria en el municipio José Joaquín Herrera, estado de Guerrero (México).

EFE

Cuando ingresó en las filas del narcotráfico tenía solamente 12 años. “Me pagaban tres mil pesos [165 euros] a la semana sólo por vigilar”. A los 13, comenzó a matar: “Ahí ya eran como 30.000 pesos cada quincena [3.300 euros al mes]. Un verguero de dinero”, dice. Luego empezó a querer más y más dinero. Hasta que lo detuvieron. “Si me dieran una oportunidad de regresar en el tiempo volvería a la secundaria para arreglar mis decisiones. La verdad es que no sé ni por qué me involucré en esto”. Pero, sin darse cuenta, comparte los motivos: “Mis padres me sacaron a trabajar desde pronto”, dijo, “antes atendía en una cantina pero unos hombres me convencieron de entrar en ‘la familia’ y hacer menos horas por más dinero”.

La familia es el eufemismo que utiliza para referirse al cártel del narcotráfico al que pertenecía. De los menores buscan aprovechar la exclusión social, la pobreza, el maltrato, la inseguridad, la desigualdad y la violencia que viven. “He hablado con muchos jóvenes que estaban pensando en integrarse a algún grupo criminal. En muchos lugares empobrecidos de México sólo hay tres vías para sobrevivir: la agricultura, que se paga mal y es un trabajo muy duro; la migración hacia Estados Unidos o Canadá, que es cada vez más difícil por la dureza de las políticas migratorias; y el narco, donde te van a pagar mucho dinero sin tener que irte forzosamente de casa”, sentencia Falko Ernst, quien también dedicó buena parte de su trabajo en Crisis Group a analizar la causa.

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A pesar de los datos y de los hechos, parece difícil poder ponerse en la piel de alguien que afirma haber asesinado a tantas personas y además no siente remordimiento por ello. Especialmente cuando se vive ajeno a las realidades de un país como México. Es algo con lo que Marina Flores lidia a diario en Reinserta.

“Ante estos menores pediría tener una mirada comprensiva. Y no me refiero a una compresión afectiva-romántica, sino a una comprensión cognitiva. Si lo vemos desde una mirada psicosocial, simplemente somos también responsables de lo que está pasando allá afuera con los adolescentes. Lo vemos siempre desde la parte emocional pero nunca desde la racional, por lo que no podemos ver el fondo del problema”, explica.

El país con más menores en el crimen

México es el país con mayor número de menores edad inmersos en el crimen organizado y según las estadísticas es muy probable que así lo siga siendo. Son muchos los estados marcados por el foco rojo del narco. En algunas regiones de Zacatecas, Sonora, Sinaloa, Colima, Baja California, Jalisco o Michoacán, los pocos estudios realizados con relación a la presencia de menores en el crimen mencionan cómo los factores de riesgo son máximos mientras que los de protección son nulos.

El Gobierno de México reconoce que “la falta de oportunidades laborales dignas, especialmente en comunidades marginadas, puede llevar a que los jóvenes vean en la delincuencia organizada una salida rápida y aparentemente lucrativa. Además, la presencia de familiares o conocidos involucrados en actividades delictivas puede normalizar este comportamiento y hacer que parezca una opción viable para ellos”. El Comité de Derechos del Niño de la ONU instó al Estado mexicano a tomar acciones para contrarrestar el reclutamiento de niñas, niños y adolescentes en las filas de la delincuencia organizada, haciendo hincapié en las consecuencias que ello trae para la niñez mexicana y en la urgencia de desplegar estrategias de seguridad que les protejan.

Fernando, en su entrevista con EL ESPAÑOL.


Fernando, en su entrevista con EL ESPAÑOL.

Sin embargo, en la actualidad no existe ningún programa o política pública que aborde de manera directa el reclutamiento de menores de edad por parte del crimen organizado. De hecho, en comunidades locales denuncian con cada vez mayor frecuencia cómo la inversión en educación y programas de actividades comunitarias está disminuyendo. Marina Flores es optimista y dice que “se están haciendo cosas”, entre las que destaca mesas de diálogo entre autoridades gubernamentales y organizaciones como la suya para poner abordar el problema.

“Se han sentado con nosotros a entender la problemática, es un poco largo el proceso para que puedan realizar estas políticas”. EL ESPAÑOL | Porfolio trató de entrevistar para este reportaje a algún representante del Gobierno de México para dar a conocer las medidas que el mismo realiza en materia de prevención de reclutamiento de menores. No obstante, la solicitud fue declinada por la Secretaría de Comunicación.

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Mientras, datos del Consejo de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) afirman que en México existen 54 millones de personas en situación de pobreza, de los que el 37% son menores de edad. Desde la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dictaminan que la niñez que ha vivido en un estado de marginación constante puede desarrollar fácilmente actitudes delictivas.

“Esto lo aprovechan las organizaciones criminales que, al adquirir un alto poder social, político y económico en estos espacios, llegan a cubrir los vacíos que el Estado ha dejado, supliendo la prestación de servicios y creando oportunidades, si bien no licitas, al menos sí oportunidades que, además de cubrir necesidades de la población, posicionan a estas organizaciones criminales como lideres ante las demás personas de la comunidad”.

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La sombra del narcotráfico inunda México y oscurece los días de los menores. Cuando a Manuel le ofrecieron dinero para su abogado, no quiso recibirlo. “Dejé las cosas como están porque después son compromisos”, explica. Se despide en un Centro de Internamiento para Adolescentes a muchos kilómetros de la Ciudad de México y aun a otros muchos más kilómetros de su pueblo natal.

Sabe que como él habrá muchos otros. En su pueblo, en su estado, en su país. Antes de él, fueron muchos de sus amigos los recluidos. Algunos ya no están, dice. Los asesinaron. Por lo que advierte a otros. “Sé que están reclutando a puros chamacos [menores]. Yo a todos ellos les diría que no lo hagan, que mejor se dediquen a estudiar, que obedezcan a los papás, que no consuman drogas. Esto es sentenciarse a la muerte. Y no se lo deseo a nadie”.

By wbu4c

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